Ha sido una larga excursión en solitario por intrínsecos caminos de
piedras y abundantes fangales, más oscuros por las amenazadoras sombras de los
tilos y los castaños. Agotado ya y muy cerca del mar por el salitre en el aire,
supero el linde del frondoso bosque y las primeras edificaciones vegetales se
alzan tan sólo a ambos lados del camino. Sigo por un tiempo indeterminado hasta
que llego a un claro, abierto como una herida en la tierra. Allí descubro una
extraña cruz de piedra rojiza, antaño roja pero ya comida por la sal y volteada
por helechos y malas hierbas.
Sentado en el último escalón de tres que ascienden hasta ella y
mientras el mar se abre ante mí en lo que parece una caída imposible, medito o
intento. Algunas embarcaciones de vela se alejan por la línea del horizonte
bajo un lienzo azul salpicado de forma intermitente por bandas de gaviotas que
como níveas flechas vuelan sin aparente rumbo.
Frente al mar, universal esperanza de todos, puedo dejar correr el tiempo
sin peligro, abandonado a mi propia suerte o más bien encandilado de mí mismo,
absorto, párasito de mis propios vagos pensamientos.
En la base de la cruz hay una maltrecha inscripción que reza Nunc
Dimittis y que me hace recordar un antiguo relato de terror de la escritora
estadounidense Tanith Lee.
No hay comentarios:
Publicar un comentario