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miércoles, 11 de enero de 2012

Intentos

Ha sido una larga excursión en solitario por intrínsecos caminos de piedras y abundantes fangales, más oscuros por las amenazadoras sombras de los tilos y los castaños. Agotado ya y muy cerca del mar por el salitre en el aire, supero el linde del frondoso bosque y las primeras edificaciones vegetales se alzan tan sólo a ambos lados del camino. Sigo por un tiempo indeterminado hasta que llego a un claro, abierto como una herida en la tierra. Allí descubro una extraña cruz de piedra rojiza, antaño roja pero ya comida por la sal y volteada por helechos y malas hierbas. 

Sentado en el último escalón de tres que ascienden hasta ella y mientras el mar se abre ante mí en lo que parece una caída imposible, medito o intento. Algunas embarcaciones de vela se alejan por la línea del horizonte bajo un lienzo azul salpicado de forma intermitente por bandas de gaviotas que como níveas flechas vuelan sin aparente rumbo.

Frente al mar, universal esperanza de todos, puedo dejar correr el tiempo sin peligro, abandonado a mi propia suerte o más bien encandilado de mí mismo, absorto, párasito de mis propios vagos pensamientos. 

En la base de la cruz hay una maltrecha inscripción que reza Nunc Dimittis y que me hace recordar un antiguo relato de terror de la escritora estadounidense Tanith Lee.

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