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jueves, 22 de diciembre de 2011

Algo de trenes

Hace un par de días me contaba el profesor de tenis de mi hijo que en su lejana patria Argentina, a la que no iría en estas Navidades sino por Pascua, el viajar en autocar es cómo viajar en tren por España, con todas las comodidades y lujos habidos y por haber y que la red ferroviaria es un desastre. Entonces me acordé de cómo era viajar en tren en este país hace 30 años, cuándo no existían los trenes de alta velocidad ni la compra de billetes por intenet y uno podía bajar las ventanillas de los coches a discreción y el revisor todavía marcaba mecánicamente los billetes de los pasajeros. Recuerdo como por aquel entonces me invadían los nervios desde mi metro cincuenta al ver a mis padres cargados con tantas maletas y los pobres jilgueros en sus jaulas cubiertas por paños. El tren era lo único que conocíamos o más bien la única opción disponible para viajar dado que en casa no teníamos coche.

Al principiar el verano ibamos en tren al apartamento que tenían mis abuelos en la costa dorada. Todo un acontencimiento que requería paciencia, logística y suerte. Paciencia porque todo el mundo parecía salir ese mismo día, logística porque no era sencillo adaptarse a las caprichosas necesidades mías y de mis hermanos y suerte para que el tren llegase puntual o no se averiase a medio trayecto, algo que ocurría más veces de las que podamos llegar a creer hoy.
Cargadísimos cómo ibamos mi padre solía llevarnos en taxi a la estación de Francia para así subirnos al tren en su origen con toda comodidad y no tener que sufrir carros y carretas para intentar entrar en algún coche en la siguiente estación, la de Sants.
Ocurría en innumerables ocasiones que los convoyes llegaban con tres coches para una muchedumbre que bullía en cada centímetro cuadrado del andén de Sants. Entonces, uno suspiraba de alivio por haber subido en la mítica estación modernista mientras el vestíbulo era un todo caótico de prisas y empujones.
Más de una vez hicimos el trayecto de pie -no estar sentado se daba muchas veces por descontado- pero en la máquina, en un mar de piernas, hombros y sudores.



Pero lo que más me gustaba era poder abrir las ventanillas en los trayectos nocturnos mientras el tren se ocultaba y mostraba por los túneles del Garraf o dejaba atrás algunas estaciones, veloz. Saboreaba una brisa prometedora, en un tiempo sin móviles y sin planes, en plena noche, emocionado entre el estruendo producido por el propio tren, las lágrimas por el rozamiento del aire y la anécdota que siempre contaba mi padre que uno perdió la cabeza así. Pero no la perdí o eso creo y cosas así son imposible anhelos en un mundo racionalizado y repleto de medidas de seguridad.
Qué tiempos aquellos en los que se invertía hasta dos horas en cubrir los 74 kilómetros de trayecto entre Barcelona y Torredembarra.
Abandoné mi niñez y entré en la difícil adolescencia pero los trenes siguieron partiendo y llegando con su aúreola romántica y aventurera en mi vida hasta hace unos años en que, de repente, ya nada era como antes y el carnet de conducir se convirtió en el paso a otra realidad.


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