Y seguiste viviendo esos años que deberían haber sido algo y
no fueron nada más que fórmulas matemáticas: un mundo de líneas interpuestas
azules dónde todos los sueños habían dejado de brillar y la nostalgia estaba
instalada en lo más hondo de tu corazón.
Tenebrosos conciertos inconexos sonaban y no te dejaban ser. Hasta que encontraste a alguien que te hizo sentir que estabas
vivo y que todo era posible. Si fue dios es una incógnita pero una especie de engranaje
se movió dentro de ti de forma convulsa y hubo un antes y un después.
Porque los nidos de las golondrinas pueblan los balcones de
las callejas sordas de tu vieja aldea y un niño ha visto un rosal tras una
verja oxidada.
Y no hay más preguntas en el tiempo en el que importan los sonidos del silencio.